🧨 SAPocalypsis Now Episodio 12

La Noche Más Larga del Junior

Era 2014 y César tenía solo 19 años cuando terminó sus estudios de ADE. Mientras muchos de sus compañeros hablaban de másteres, oposiciones o de “ya veremos qué hago”, él sentía una inquietud constante, una especie de ruido de fondo que no le dejaba tranquilo. No quería quedarse esperando. No quería empezar en un trabajo donde todo fuera genérico, plano, intercambiable. Quería algo más técnico, algo que tuviera recorrido, aunque entonces no supiera explicar muy bien por qué.

Por eso, casi de forma intuitiva, decidió apuntarse a un curso de funcional SAP SD. Cuatro meses. Cuatro meses que al principio le parecieron un muro imposible. Procesos de ventas, entregas, facturación, flujos que iban de un módulo a otro, pantallas que parecían hechas para espantar a cualquiera. Los primeros días volvía a casa agotado, con la cabeza llena de siglas que no entendía del todo. Pero algo pasó. Poco a poco empezó a encajar piezas. Empezó a ver lógica donde antes solo había ruido. Empezó incluso a disfrutarlo.

Se quedó más horas que nadie. Preguntó más que nadie. Estudió más que nadie. Y cuando terminó el curso, no solo lo había superado: había quedado el primero de su clase. Por primera vez en mucho tiempo sintió una certeza clara: esto se me da bien.

Con esa ilusión intacta, César empezó a enviar currículums como si no hubiera un mañana. A todas partes. Consultoras grandes, pequeñas, medianas. Donde fuera. No pedía un gran sueldo. No pedía comodidades. Solo quería empezar. Aprender. Trabajar.

Una consultora le llamó. Una empresa que ofrecía varios servicios, entre ellos SAP. Desde la entrevista notaron algo distinto en él. No era experiencia, porque no la tenía. Era actitud. Energía. Ganas reales de demostrar algo. Y decidieron contratarlo.

El primer día entró con una sonrisa que casi daba vergüenza. Esa sonrisa de quien todavía cree que el esfuerzo siempre tiene recompensa. No tardaron en asignarle cliente. Un cliente grande. Importante. Exigente. Muy exigente. César lo supo desde la primera reunión. El tono, las preguntas, las miradas. Allí no se iba a regalar nada.

Pero César aguantó. Y trabajó. Y volvió a trabajar. Días largos, reuniones tensas, correos a última hora. Se llevaba el portátil a casa. Repasaba procesos por la noche. Se preparaba las reuniones como si fueran exámenes. Y aun así, nunca parecía suficiente. Siempre había algo más que hacer, algo que mejorar, algo que explicar otra vez.

Con el tiempo, la presión dejó de ser algo puntual y se convirtió en rutina. En normalidad. En fondo permanente. César se adaptó. Aprendió a vivir con ella. Incluso empezó a llevarse bien con algunos usuarios del cliente. Un año pasa rápido y cuando te das cuenta, ya formas parte del paisaje.

Pero esa Navidad algo se rompió.

Primero fue la noticia de que no habría subida salarial. No era solo el dinero. Era el mensaje. Da igual lo que hagas. Y poco después llegó lo peor. Por un comentario casual de un compañero del propio cliente, César descubrió que estaba posicionado como perfil semi-senior dentro del proyecto. Semi-senior. Con 5 años. Con un año de experiencia. Con sueldo de junior.

Todo encajó de golpe. La presión constante. Las exigencias desmedidas. La falta de margen para fallar. No era que esperaran mucho de él. Era que esperaban algo que no correspondía. Esa noche apenas durmió. Le dio vueltas a todo. A si había sido ingenuo. A si había hecho algo mal. A si eso era “lo normal”.

Aun así, siguió trabajando. Porque César era profesional. Porque no sabía hacer otra cosa. Porque sentía que, si bajaba el ritmo, todo se vendría abajo.

Esa semana de Navidad tenía que ir a la oficina del cliente un miércoles, algo poco habitual. El día anterior había sido cuando se enteró de lo del semi-senior y aún lo tenía clavado en la cabeza. Además, había un problema serio en producción. El cliente había implantado un nuevo flujo intercompany entre varias plantas. Un proceso complejo que generaba IDOCs automáticamente para enviar información de facturación a proveedores internos. En teoría, todo probado. En la práctica, el usuario decidió, ya en productivo, cambiar ciertos valores del envío del IDOC.

Sin pruebas. Sin análisis. En producción.

César pasó la mañana saltando de reunión en reunión. El usuario tenía dudas. El proceso no se comportaba como esperaba. Había que cambiar la lógica. Había que hacerlo rápido. “Es urgente”. Siempre urgente. Llamó al programador. Le explicó el proceso. Revisaron juntos el impacto. Ajustaron el código. Prepararon el transporte. Todo con prisas, con presión, con la sensación constante de estar caminando sobre hielo fino.

Pasaron a producción. Nada falló. Pero nadie respiró tranquilo. Hubo más reuniones. Más preguntas. Más explicaciones. El día se hizo interminable.

A las siete de la tarde, César salió por fin de la oficina del cliente. Ya era completamente de noche. Bajó al parking subterráneo y se subió a su Renault Clio del 2004. Estaba agotado, pero pensaba aprovechar para comprar algunos regalos de Navidad. Iba tarde, sí, pero aún tenía margen.

Se sentó en el asiento del conductor de su Clio del 2004 y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en el parking subterráneo. Durante unos segundos no arrancó. Se quedó quieto, con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente sin ver nada. Tenía los hombros cargados, la mandíbula apretada y una sensación incómoda en el pecho que llevaba semanas acumulándose. De esas que no sabes explicar, pero que te pesan más cuando por fin paras.

Giró la llave. El motor arrancó con ese sonido áspero y familiar, un poco más ruidoso de lo normal, como si también estuviera cansado. Subió la calefacción al máximo. El aire tardó en salir caliente. El coche llevaba todo el día parado bajo tierra.

Al salir del parking, la primera bocanada de aire frío le golpeó la cara. Fue entonces cuando lo vio. Nieve. Mucha más de la que esperaba. Los copos caían con constancia, no violentos, pero sí persistentes, como si llevaran horas haciéndolo. El asfalto estaba ya cubierto por una capa blanca irregular y los bordes de la carretera se difuminaban.

—Genial… —murmuró para sí.

No recordaba haber mirado por la ventana en todo el día. Entre reuniones, llamadas y urgencias, el mundo exterior había dejado de existir. Solo ahora, sentado en el coche, se daba cuenta de lo tarde que era y de lo poco preparado que estaba para aquello.

Avanzó despacio por el polígono industrial. Las naves parecían gigantes dormidos, oscuros, silenciosos. Apenas había tráfico. Algún camión aislado, alguna furgoneta. Nada más. El Clio patinaba ligeramente al frenar y César aflojó aún más la velocidad. Pensó en llegar cuanto antes a la autopista, donde seguramente ya habrían pasado las quitanieves.

Al acercarse a la rotonda, giró el volante con cuidado. Demasiado cuidado. Pero aun así, al pasar por el borde, sintió el golpe. No fue fuerte. No fue espectacular. Fue seco. Un clac breve, seguido de una vibración extraña.

Y entonces, el sonido.

Un PUM sordo, brutal, inconfundible.

El coche se ladeó ligeramente y César tuvo que agarrar el volante con fuerza para no perder el control. Frenó despacio y se detuvo a un lado de la rotonda. El silencio que quedó después fue casi peor que el ruido. Solo el sonido de la nieve cayendo y el motor al ralentí.

Bajó del coche y el frío le atravesó el abrigo como si no llevara nada. Caminó hasta la rueda trasera y, al verla, se le cayó el alma al suelo. No era un pinchazo. La rueda estaba destrozada. Reventada. El flanco abierto, deformado. Imposible de arreglar allí.

Respiró hondo. El vaho salió de su boca en pequeñas nubes blancas.

—No puede ser… —susurró.

Abrió el maletero por inercia, aunque ya sabía la respuesta. Nada. No había rueda de repuesto. Nunca la había necesitado. Hasta ese momento.

Sacó el móvil con los dedos ya entumecidos y llamó a la aseguradora. Esperó. Música. Minutos eternos. Cuando por fin le atendieron, la voz al otro lado fue correcta, casi amable, pero completamente indiferente a su situación.

—La grúa tardará aproximadamente cuatro horas.

Cuatro horas.

César colgó y se quedó mirando la pantalla apagada del móvil. Miró alrededor. Nieve. Oscuridad. Un polígono industrial vacío. Eran las 19:20, pero parecía medianoche. El frío se colaba por todos lados. Volvió a sentarse en el coche, apagó el motor para no gastar gasolina y se quedó allí, solo, en silencio.

Y entonces llegaron los pensamientos.

El día.
El cliente.
La presión.
Lo del semi-senior.
El sueldo.
El año entero.

Pensó en todo lo que había aguantado sin quejarse. En las veces que había dicho que sí cuando quería decir que no. En las noches estudiando procesos que no eran su responsabilidad. En cómo nadie le había preguntado nunca si estaba bien. En cómo ahora, sentado en ese coche viejo, con frío y nieve hasta las rodillas, se sentía exactamente igual que en el proyecto: solo.

Miró el reloj. Pensó en los regalos que no compraría esa noche. Pensó en que al día siguiente tendría que volver a trabajar como si nada. Pensó en si de verdad aquello era lo que significaba “empezar bien una carrera”.

Llamó a un amigo. No quería hacerlo. Le daba vergüenza. Pero no tenía otra opción. Su familia estaba lejos. El amigo le dijo que tardaría, que la carretera estaba fatal, pero que iba.

Una hora y media.

César salió del coche de vez en cuando para moverse, para no congelarse. Caminaba unos pasos y volvía. Miraba cómo la nieve cubría poco a poco el Clio, como si quisiera enterrarlo allí mismo. Como si ese coche, esa noche y ese momento fueran una metáfora demasiado clara de todo lo demás.

Cuando por fin vio las luces del coche de su amigo, sintió un alivio que casi le hizo temblar. Entre los dos empujaron el Clio hasta un lado más seguro. Cancelaron la grúa. Se subió al coche del amigo, con las manos rojas, la nariz fría y la cabeza completamente agotada.

Durante el trayecto hablaron poco al principio. Luego, poco a poco, César empezó a soltarlo todo. El proyecto. La presión. El semi-senior. El cansancio. Su amigo escuchaba. No interrumpía. Y eso fue casi lo mejor de la noche.

Cuando llegó a casa, ya tarde, César se sentó en la cama sin quitarse el abrigo. Miró al suelo. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar algo que hasta entonces había evitado:

Quizá el problema no soy yo.

Aquella noche durmió poco. Pero algo cambió.

Y aunque todavía no lo sabía, esa noche de nieve, frío y silencio había marcado el principio del final…
y también el principio de algo mejor.

Al día siguiente, César se despertó antes de que sonara el despertador. No había dormido mucho, pero por primera vez en meses no se sentía pesado. No había nudo en el estómago. No había esa sensación de anticipar un día largo antes incluso de levantarse. Se miró al espejo mientras se ataba la corbata y notó algo distinto en su cara. No era alegría. Era determinación. Una calma extraña, casi peligrosa.

Llegó a la oficina y saludó como siempre. Nadie notó nada raro. Nadie podía imaginar que, para él, ese día no era uno más. Abrió el correo, cerró un par de tareas pendientes y, sin darle demasiadas vueltas, convocó una reunión con su responsable directo. Breve. Directa. Sin adornos.

Cuando se conectaron, César fue al grano. Le pidió los días de vacaciones que todavía tenía pendientes. Su jefe, sorprendido pero sin sospechar nada, se los aprobó sin problema. Entonces, con un tono tranquilo y una educación impecable, César añadió algo que dejó la llamada en silencio durante varios segundos:

—Cuando vuelva de vacaciones… no volveré. He decidido dejar la empresa.

No levantó la voz. No dramatizó. Lo dijo como quien comunica una decisión que lleva tiempo madurando, aunque en realidad había terminado de tomarla la noche anterior, en un coche parado, rodeado de nieve.

Su jefe parpadeó varias veces, intentando entender. Le preguntó casi de inmediato si había pasado algo con el cliente. César sonrió, una sonrisa pequeña, educada, ligeramente falsa.

—No. Precisamente con el cliente está todo genial.

Y era verdad. Él lo sabía. El cliente exigía porque pagaba. Ni más ni menos. Había sido duro, sí, pero también le había enseñado muchísimo. No guardaba rencor. De hecho, le estaba agradecido.

Su jefe no daba crédito. Intentó recomponer la situación.

—¿Esto es por el sueldo? Ya sabes que ahora mismo tenemos poco margen con este cliente… nuestra idea era revisarlo en mayo o junio, dentro de unos meses. Podemos ver entonces una subida, mejorar condiciones…

César se quedó en silencio unos segundos. Miró la pantalla. Pensó en la nieve. En el Clio. En la rueda reventada. En la frase “no hay margen”. Y respondió, con voz firme pero sin dureza:

—No te preocupes. Ya lo tengo decidido. Voy a despedirme del cliente antes de irme de vacaciones y no les veré más.

Y colgó.

Su responsable se quedó mirando la pantalla apagada durante unos segundos eternos. Luego, sin perder tiempo, convocó a sus propios jefes. Algo se estaba rompiendo y lo sabían.

Mientras tanto, César llamó a su jefa en el cliente. La conocía bien. Se llevaban muy bien. Habían compartido muchas reuniones tensas, pero también muchas risas. La convocó a una llamada urgente.

Cuando se conectaron, César empezó contando lo de la noche anterior. El coche. La nieve. El pinchazo. La espera. Ella abrió los ojos, incrédula y entre risas le dijo:

—¿Pero cómo no me llamaste? ¡Vivo a diez minutos!

César sonrió de verdad por primera vez ese día.

—No quería molestar. Para eso están los amigos… y las noches malas.

Hablaron un rato largo. De todo. De nada. Hasta que ella, con un tono más serio, le preguntó si había alguna posibilidad de que se quedara. Le dijo que estaban muy contentos con él. Que era importante. Que lo valoraban.

César respiró hondo.

—No es por vosotros. Y lo sabéis.

Ella no insistió. Entendió más de lo que dijo.

Diez minutos después de colgar, volvió a sonar el teléfono. Era su jefe. Esta vez no estaba solo. En la llamada estaba también el jefe de su jefe. César pensó, casi con ironía, madre mía, menudo cuadro.

Fueron directos. Le ofrecieron una subida del 20% del salario. Le dijeron que se lo había ganado. Que el cliente hablaba muy bien de él. Que su trabajo había sido excelente. Que querían retenerlo.

César escuchó en silencio. No interrumpió. No se alteró. Y cuando terminaron, respondió con un no rotundo.

No porque la subida no fuera buena. Lo era.
Dijo no porque no encajaba con sus valores.
Porque no estaba de acuerdo con el trato recibido.
Porque no podía aceptar que “no hay dinero” se convirtiera mágicamente en “sí lo hay” justo cuando decide irse.

Había un mínimo de dignidad que no estaba dispuesto a negociar.

Eligió el paro antes que volver a trabajar para esa empresa. Porque sabía que, aunque ahora le subieran el sueldo, al año siguiente estaría exactamente en el mismo sitio. Y al otro. Y al otro. Y no quería vivir así.

Tres meses después de su dimisión, sonó el teléfono otra vez.

Era su jefa del cliente.

Le ofreció una propuesta. Buena. Muy buena. Esta vez, directa. Clara. Sin intermediarios. César no la rechazó. Aceptó.

Trabajó allí varios años más. Creció. Aprendió. Y nunca volvió a olvidar aquella noche de nieve, frío y silencio.

Porque a veces, el verdadero inicio de una carrera no ocurre en una oficina…
sino en un polígono industrial, de noche, con una rueda reventada y una decisión que ya no tiene vuelta atrás.

📚 Moralejas

La ilusión no sustituye a las condiciones.
El esfuerzo no justifica el desgaste.
Y el talento no debe pagarse con promesas a futuro.

César aprendió que trabajar duro abre puertas, sí,
pero saber cuándo irse también es una forma de crecer.
Que decir no a tiempo vale más que cualquier subida tardía.
Y que una empresa que solo reacciona cuando te vas
no te estaba valorando… te estaba reteniendo.

En consultoría y en la vida
no se trata solo de cuánto aguantas,
sino de dónde decides quedarte.

Y así se cierra el último episodio de SAPOCALYPSIS NOW de este año.

Una historia distinta, más humana, más fría por fuera… pero muy caliente por dentro.
Gracias por estar ahí durante todo este recorrido, acompañándome entre errores, decisiones difíciles y sustos que no siempre salen en los logs.

Espero que hayas disfrutado esta historia tanto como yo escribiéndola,
y que, de alguna manera, te haya recordado que detrás de cada incidencia hay personas, noches largas… y a veces, coches parados bajo la nieve.

SAPOCALYPSIS NOW volverá el año que viene.
Como siempre, cada dos jueves a las 20:10, una nueva historia saldrá de las sombras del sistema, lista para recordarnos que en SAP casi todo falla… pero siempre se aprende.

Hasta entonces, disfruta de estas fechas.

Pasa una Feliz Navidad 🎄 y os deseo un Muy Feliz Año Nuevo ✨.
Mantén tu mandante limpio, tus transportes ordenados…

👋 Nos vemos en el próximo episodio.

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