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🧨 SAPocalypsis Now Episodio 11
La paciencia y el verdugo
Silvia había aprendido a vivir en la penumbra.
Mientras otros consultores brillaban con desarrollos limpios, interfaces modernas y proyectos vistosos, ella habitaba en un mundo muy diferente:
el mundo de los formularios SAP.
Allí no había gloria.
No había reconocimiento.
Solo dolor.
Smartforms que parecían escritos con cuchillos.
SAPScripts que nadie se atrevía ni a abrir.
Adobe Forms… el demonio disfrazado de modernidad.
Y Silvia los tocaba todos.
No porque quisiera.
No porque le apasionara.
Sino porque nadie más quería hacerlo.
Esa era la broma cruel del departamento: “Silvia sabe, así que que lo haga Silvia.”
Pero lo que nunca decían era la verdad:
Silvia sabía, porque otros decidieron NO saber.
Y así, con cada proyecto, ella iba heredando algo más del infierno.
Los formularios de esa empresa eran una aberración arquitectónica:
Un único formulario maestro para TODAS las sociedades.
Décadas de parches.
Cajas que se montaban unas sobre otras.
Subformularios dentro de subformularios dentro de subformularios.
Layouts que parecían ecos de un ritual oscuro.

El día que le asignaron el proyecto de las facturas, Silvia sintió un escalofrío.
Tres formularios, todos Adobe.
Todos unidos por una base común.
Y en uno de ellos ( la factura maestra ) habitaba algo… inquietante.
Había escuchado historias.
Comentarios sueltos en pasillos.
Consultores que murmuraban que ese formulario tenía “historia”.
El proyecto consistía en añadir nuevas líneas TAX según la sociedad.
Para Alemania, correctas.
Para Francia, perfectas.
Para Italia… complicadas.
Pero Silvia lo consiguió.
Las pruebas en UAT fueron impecables.
Y sin embargo, aquella noche, mientras cerraba su portátil, sintió un presentimiento.
Un pequeño zumbido en el pecho.
Una sombra en la nuca.

El transporte a Producción se hizo a las 14:00.
Nadie escribió nada raro en los logs.
Ningún dump.
Ninguna traza inquietante.
Silvia, tranquila, siguió trabajando. Hasta que la empresa entró en pánico.
A las 18:04 exactas, comenzaron a saltar correos:
“URGENTE: Las facturas de Italia se generan EN BLANCO.”
“El PDF sale vacío.”
“No podemos facturar. Clientes llamando.”
“Escalando a dirección.”
Silvia sintió cómo se le helaba el estómago.
Los formularios podían fallar, sí, pero PDF en blanco…
PDF en blanco era otra categoría.
Era un síntoma.
Una advertencia.
Un presagio.
Y como siempre, el dedo señalaba a quien tocaba formularios.
Pero Silvia, ese día, estaba en simultáneo con otro proyecto crítico.
No podía soltarlo todo.
Y entonces, la responsabilidad cayó sobre quien nunca quiso cargarla: Cristóbal.

Cristóbal era otro programador… pero precisamente el , era el que menos interés tenia en ayudar a Silvia con los formulario… de alguna manera le afecto el KARMA…
Abrió el Adobe Form y sintió que algo lo observaba.
El layout oscuro, las cajas superpuestas.
El árbol de subformularios retorcido como raíces de un bosque muerto.
Él no sabía navegar ese monstruo.
Intentó hacer un debug ( pero no sabia… ).
Entró al layout.
Salió.
Entró.
Salió.
Diez veces.
“Estoy cansado”, pensó.
Pero no era cansancio.
Era miedo y pocas ganas…
Al final, hizo lo peor que podía hacerse:
recuperó la versión anterior y la transportó a Producción.
No avisó.
No pidió aprobación.
Simplemente lo hizo.
Y escribió un correo al cliente como quien intenta tapar una herida mortal con un papel de aluminio:
“Ya funciona. Silvia revisará el desarrollo cuando pueda.”
Nadie celebró.
El cliente respondió con furia.
Y el terror siguió creciendo.
REPASEMOS LOS DIAS….
Día 1: Transporte.
Día 1 tarde: caos.
Día 2: el análisis torpe de Cristóbal.
Día 3: Silvia es convocada como última esperanza.
Y fue convocada a una encerrona.
Al día siguiente después del correo de Cristóbal.. el responsable junto con el cliente y Cristóbal convocaron a Silvia para que lo solucionase…
La reunión de Teams se abrió con cámaras apagadas.
Silvia sintió un ahogo extraño.
No era estrés.
Era una sensación primitiva.
La sensación de ser acorralada.
Su jefe habló con voz fría:
—Silvia, ¿puedes explicar por qué no se hicieron suficientes pruebas?
Silvia no pestañeó.
—Se hicieron. En TEST funciona. El problema no está en las pruebas.
El cliente intervino:
—El proyecto está en Producción y el formulario no funciona en ninguna sociedad. ¿Qué solución nos das?
Cristóbal, nervioso, añadió:
—Yo recuperé versiones. Ahora se ve… sin TAX… pero se ve.
Silvia sintió que algo dentro de ella se agrietaba.
Habían permitido que la culpa flotara hacia ella como un gas tóxico.
Pero en lugar de discutir, respiró y guardó silencio.
El silencio más aterrador.

Cuando la reunión terminó, Silvia abrió el formulario en dos pantallas:
TEST a la izquierda.
PRO a la derecha.
Comparó, Analizó, Debugueó.
Y nada.
Era como si algo en Producción se comiera el contenido.
Silvia comenzó a sospechar.
No era un error normal.
No era un dato sucio.
No era un mal transporte.
Había una diferencia de entorno.
Una variable.
Un input.
Algo que en TEST existía… y en Producción no.
Pero para confirmarlo necesitaba debuguear el error en Producción, cosa que no pudo hacer porque Cristóbal lo había borrado al restaurar versiones.
Así que convocó una reunión urgente.
…
Silvia miró a todos y lo dijo sin adornos lanzo un “Ultimatum”:
—Necesito transportar la versión errónea a Producción y debuguearla allí. Es la única forma de reproducir el fallo.
Su jefe saltó de inmediato:
—¡No! Cristóbal ya debugueó. No tiene sentido arriesgar Producción.
Silvia lo miró y por primera vez en años, levantó la voz:
—Cristóbal no debugueó nada ,dudo que sepa hacerlo, y lo sabéis. Dejadme trabajar o no habrá solución.
El silencio fue tan pesado que nadie respiró.
El cliente habló:
—Adelante. Pero solo desde las 20:30. A medianoche debe estar resuelto o revertido.
Silvia aceptó.
Pero antes de cerrar la llamada, añadió:
—Y registraréis mis horas extra. No pienso quedarme hasta la madrugada sin que se valore mi tiempo.
Su jefe asintió.
Derrotado.

20:30.
La oficina estaba vacía.
El edificio en silencio.
Luces apagadas.
Solo el brillo del monitor iluminaba el rostro concentrado de Silvia.
Transportó la versión rota.
Ejecutó la factura de Italia.
PDF en blanco.
Perfecto.
El monstruo estaba vivo.
Ahora tocaba abrirle el pecho.
Silvia debugueó como solo los expertos pueden debuguear:
saltando líneas, comparando estructuras, revisando scripts, analizando subformularios que parecían mazmorras medievales.
Su responsable, conectado por Teams, observaba en silencio.
Él también sabía programar, pero jamás habría podido descender tan profundamente en esa oscuridad.
Pasaron dos horas.
Y entonces…
Silvia lo vio.
Un detalle microscópico.
Una caja que en TEST parecía idéntica…
pero que en Producción estaba dentro de otro subformulario.
Ese subformulario —uno de los “flowed”, enterrado entre capas como un fósil digital— tenía asociado un script initialize() que dependía de una variable específica para Italia.
En TEST, esa variable existía.
En Producción, no.
Cuando el script intentaba acceder a ella, Adobe LiveCycle lanzaba una excepción silenciosa.
No la mostraba.
No generaba dump.
Simplemente…
dejaba de dibujar.
El formulario reaccionaba como reaccionan los entes antiguos de la tecnología:
Si algo falla… desaparezco todo.
Por eso el PDF quedaba blanco.
Por eso nadie encontraba el error.
Por eso parecía magia negra.
Silvia sintió una mezcla de horror y triunfo.
Corregir la estructura llevó cinco minutos.
Evitar que LiveCycle muriera, diez líneas de JavaScript.
Salvar el proyecto, cinco horas.
Salvar la confianza… quizá nunca.
Transportó la solución.
Ejecutó la factura.
Y por fin, el monstruo despertó con forma de PDF correcto.

Al día siguiente el cliente cerró el incidente.
El responsable pidió disculpas , Cristóbal guardó silencio.
Y Silvia, con una serenidad extraña, supo que su tiempo allí había terminado.
A los pocos días presentó su dimisión.
Se fue a una empresa donde los conocimientos no son castigos.
Donde el liderazgo no se ejerce con miedo.
Donde los errores no se esconden bajo la alfombra.
📚 Moraleja
1. No formar al equipo es sembrar terror para el futuro.
Si solo una persona sabe, todos los demás dependen de ella.
Eso no es eficiencia: es riesgo crítico.
2. En una crisis, se necesita responsabilidad, no culpables.
3. Un líder no debería esconderse detrás del miedo ni del silencio.
Debe proteger a su equipo.
No sacrificarlo.
4. Y lo más importante:
Quien toca formularios merece respeto. Porque baja al infierno para que los demás puedan dormir tranquilos.
Y así se cierra este capítulo de SAPOCALYPSIS NOW…
La noche en que Silvia descendió al infierno del Adobe Designer, sola, cansada y rodeada de dedos que señalaban en lugar de ayudar.
Un recordatorio de que, a veces, los errores no están en el código… sino en cómo se gestiona la tormenta.
Si has llegado hasta aquí, gracias por acompañarme en esta nueva pesadilla técnica, donde los formularios se vuelven blancos, las reuniones de Teams parecen rituales de sacrificio, y los héroes trabajan en silencio mientras otros solo observan.
Cada dos jueves, a las 20:10, volveremos a abrir las puertas del servidor.
Una nueva historia emergerá de las sombras de Producción, de esas carpetas donde nadie quiere entrar, de esos logs que todos temen leer.
Y quizá… quizá Silvia vuelva.
Hasta entonces, mantén la jerarquía de tus subformularios bajo control, tus variables bien alimentadas…
👋 Nos vemos en el próximo episodio de SAPOCALYPSIS NOW.
¿Te ha gustado esta historia?
¿Quieres contar la tuya (sí, esa que te quitó horas de sueño)?
Envíamela a: [email protected]
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