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SAPOCALYPSIS NOW 20
Había empresas que nacían digitales… y luego estaban las otras. Aquella no era una tecnológica ni pretendía serlo. Era una consultora de servicios industriales, de esas que viven de proyectos, de mantenimiento, de clientes que confían en que alguien resuelva problemas reales. SAP no era su producto, era su columna vertebral. Todo pasaba por ahí: pedidos, compras, gastos, aprobaciones. Y durante años, todo aquello se había gestionado de una forma peligrosamente simple… por correo. Un “ok”, un “adelante”, un reenvío rápido sin contexto. Y así funcionaban. Hasta que dejaron de querer hacerlo.
El proyecto nació como nacen muchos, con una reunión en la que alguien dijo que aquello ya no era sostenible. Había demasiado gasto, demasiadas decisiones dispersas, demasiado margen para el error. Decidieron construir algo mejor, más controlado, más trazable. Dos flujos de aprobación perfectamente coordinados: uno en SAP y otro en una aplicación externa más ágil, más visual, más cómoda para los responsables. La lógica parecía impecable: si se aprobaba en uno, el otro no volvía a pedir aprobación. Un único punto de decisión accesible desde dos mundos. Sobre el papel, elegante. En la realidad… delicado.

Daniel era quien sostenía aquello desde dentro. Consultor técnico, pero con la cabeza puesta en el proceso completo. Junto a Marta, la funcional, habían definido cada paso, cada condición, cada usuario, cada importe. Durante semanas probaron escenarios, revisaron niveles de aprobación, ajustaron jerarquías. Todo encajaba. Todo funcionaba. Todo estaba listo.
En la parte alta del flujo estaba Luis, director financiero. No por jerarquía, sino por responsabilidad. Era quien realmente debía aprobar los gastos importantes. Y aquel mes no era uno cualquiera. A pocos días de cerrar, el comité de dirección había tomado una decisión clara: no se podía aprobar ningún gasto superior a 150.000 euros La orden aún no se había comunicado oficialmente, estaban pendientes de cerrar números, pero internamente ya se sabía. Había que contener el gasto.

Mientras tanto, el sistema funcionaba. Los flujos estaban activos, los usuarios aprobaban, los documentos avanzaban. Todo parecía correcto. Todo en orden. Hasta que dejó de estarlo.
Javier no formaba parte de dirección. Era responsable de operaciones, alguien que aprobaba habitualmente compras necesarias para el día a día, materiales, recursos, cosas que el negocio necesitaba para seguir funcionando. No tomaba decisiones estratégicas, no aprobaba grandes inversiones. Pero aquel día le llegó algo distinto. Una solicitud de materiales. No era extraña, de hecho era algo que su equipo necesitaba, pero la cantidad… era mayor de lo habitual. No exagerada, pero sí por encima de lo normal.
Javier miró el detalle. Reconoció el material. Sabía que lo necesitaban. Pensó en los proyectos en marcha, en los equipos esperando, en los retrasos que podría provocar no tenerlo. Dudó unos segundos, pero no dudó por el sistema, dudó por el importe. Y entonces pensó lo más lógico desde su punto de vista: si esto me llega a mí, es porque tengo que aprobarlo. Nadie le había explicado que había cosas que no debía aprobar. Nadie le había dicho que su rol había cambiado. Nadie le había dado contexto. Así que hizo lo que siempre hacía… aprobó.

Ese clic no generó ningún ruido. En la aplicación externa, el documento quedó aprobado. En SAP, el flujo no se activó porque ya venía aprobado desde fuera. Y al no activarse el flujo interno… Luis nunca lo vio. Nadie de dirección lo vio. Nadie que realmente debía decidir sobre ese importe lo revisó.
Días después, en una sala de reuniones, los números no cuadraban. Había un gasto aprobado que superaba el límite que el comité había definido internamente. Un gasto que nadie recordaba haber validado. Luis miraba la pantalla en silencio, con esa sensación incómoda de que algo no encajaba. “¿Quién ha aprobado esto?”, preguntó finalmente.
Daniel fue el primero en moverse. Revisó el flujo en SAP. Nada. No había aprobación interna. Todo estaba limpio, correcto, como si el proceso hubiese sido válido. Y ahí fue cuando decidió mirar fuera. En la aplicación externa encontró la respuesta. Un nombre. Un usuario. Una aprobación.
Javier.
El silencio que siguió no fue de sorpresa, fue de comprensión. No había sido un fallo técnico complejo, ni un bug, ni un error de código. Había sido algo mucho más simple. El sistema había permitido algo que no debía… y alguien lo había ejecutado.
Cuando Javier entró en la sala no estaba nervioso, estaba confundido. “Llegó la solicitud… y la aprobé. Pensé que era necesario, el material lo necesitábamos, quizá no tanta cantidad, pero sí lo necesitábamos.” Y tenía razón. Desde su punto de vista, la decisión era lógica. El problema no era la intención. Era el contexto que nunca tuvo.

La reacción fue dura, no por el error en sí, sino por lo que representaba. El sistema había fallado en lo más importante: en asegurar que quien decide… sabe que está decidiendo. Daniel volvió al flujo, revisó configuraciones, usuarios, roles, jerarquías. Y ahí lo encontró. Un usuario mal ubicado en el sistema externo, en un nivel que no le correspondía. Un flujo que confiaba en otro. Dos sistemas que asumían que el otro ya había validado correctamente.
Corrigieron la configuración, alinearon los flujos, ajustaron niveles, añadieron validaciones cruzadas. Y añadieron algo que no estaba antes: conciencia.
El comité ya había comunicado oficialmente la restricción de gasto hace dias. Pero para ese documento, ya era tarde. El proceso había seguido su curso sin hacer ruido, sin errores visibles, sin alertas. Exactamente como estaba diseñado.
Días después, Daniel volvió a revisar aquel caso. No para encontrar un fallo, sino para entenderlo. Y lo entendió. El problema no había sido técnico ni funcional. Había sido humano, amplificado por un sistema que no cuestiona.

Porque un flujo de aprobación no decide. Solo ejecuta. Y cuando el sistema confía en que alguien haga clic… pero ese alguien no sabe realmente qué está aprobando, el error no está en el clic… está en todo lo que permitió que ese clic ocurriera.
MORALEJA:
No basta con construir flujos. Hay que construir contexto. Porque en SAP, controlar no es solo poner niveles de aprobación… es asegurarse de que cada persona entiende exactamente hasta dónde llega su decisión.
Y así termina este nuevo episodio de SAPOCALYPSIS NOW…
Gracias por acompañarme en una historia donde el error no estaba en un dump, ni en un short text, ni siquiera en una mala línea de código… sino en algo mucho más humano: un flujo que confiaba demasiado… y una aprobación que nadie cuestionó.
Porque a veces los sustos no vienen de sistemas caídos.
No rompen nada.
No generan errores.
A veces vienen de un simple clic.
De alguien que hace lo correcto… sin saber que no debía hacerlo.
De un sistema que asume que si alguien aprueba… es porque puede hacerlo.
Espero que hayas vivido esta historia tan intensamente como yo al escribirla.
Que hayas sentido ese momento incómodo en el que todo encaja… demasiado tarde.
Y que te hayas hecho la misma pregunta que muchos nos hemos hecho alguna vez:
“¿Seguro que esta persona debía aprobar esto?”
Recuerda: cada 2 jueves a las 20:10… una nueva historia saldrá de las sombras del sistema.
Hasta entonces, revisa bien tus flujos, alinea tus sistemas…
y no des por hecho que quien aprueba… sabe lo que está aprobando.
👋 Nos vemos en el próximo episodio.
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